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BEMIDVAR 5772

“Salva a Tu pueblo, bendice a Tu grey, dirígelos y condúcelos hasta la eternidad” (Sal. 28:9) Este versículo, que en hebreo tiene 10 palabras, es utilizado para verificar la cantidad de personas que se encuentran en la sinagoga para ver si ya se ha formado el minián necesario para la plegaria.

¿Por qué esta manera extraña de contar, en lugar de utilizar los números?

Desde tiempos antiguos está instalada la idea de que es malo contar a las personas.  Cuando el rey David ordena censar al pueblo pese a las advertencias de Joab, reconoce que ha hecho algo inapropiado: “Después que David contó el pueblo le pesó en su corazón. Dijo, pues, David a Dios: He pecado en gran manera por lo que he hecho” (2S 24:10).

Ya en el Talmud (Yoma 22b), Rabí Eleazar estableció la prohibición de contar a los Israelitas de manera directa, basándose en el versículo que da inicio a la Haftará de esta semana: “El número de los hijos de Israel será como la arena del mar, que no se puede medir ni contar” (Os.2:1).

Posiblemente las palabras del profeta fueron colocadas para balancear el contenido de Parashat Bemidvar, que está compuesta en su totalidad por números. Primero el censo de todo el pueblo, poco más de un año después de la salida de Egipto, y luego, la primera parte del censo de los levitas.

Estos censos eran de vital importancia para organizar la logística de la travesía por el desierto. El registro de los hombres mayores de 20 años era la referencia indispensable para estructurar el ejército, mientras que el conteo de los levitas mayores de un mes, permitía calcular con exactitud la compensación por la redención de los primogénitos (Nm. 3:11-13) y, más importante aún, determinar las tareas y responsabilidades vinculadas con el funcionamiento y la administración del Mishkán (Tabernáculo).

Si bien la Torá (Nm. 1:2 y 3:15) establece que estos censos fueron ordenados por Dios  (a diferencia del que realizó el rey David, que según el autor del primer libro de Crónicas -21:1- fue iniciativa del Satán), queda clara la preferencia por utilizar formas indirectas de contar, como la del medio Shekel  (Éx. 30:11-16), en donde cada persona aportaba una moneda por ese valor y, al obtener la cantidad total de la donación, fácilmente se determinaba el número de personas. Así lo explica el Rambán (Najmánides), en su comentario al comienzo de nuestra parashá (Nm. 1:3).

Podríamos preguntarnos el por qué de esta oposición a los censos tradicionales que desarrolla nuestra tradición. Quizás, en sus orígenes, pudiera estar sustentado en una antigua superstición (contar gente trae mala suerte). De hecho, si pensamos que, en la antigüedad, los censos se hacían para recaudar impuestos o para reclutar a la milicia, está claro que para la gente un censo significaba malas noticias.

Sin embargo, también podemos encontrar una razón significativa para nuestro tiempo. Muchas veces, al contar a las personas las convertimos en un número. Les quitamos su identidad y su humanidad, y las transformamos en un objeto. Las estadísticas, tan útiles como herramienta de análisis, también pueden ser usadas como medios de cosificación.

Por eso, en este mundo superpoblado, donde las grandes urbes nos alienan y la publicidad busca masificarnos, recuperar la unicidad de cada persona es un mensaje valioso que debemos enarbolar.  No convertirnos en un número para reafirmar nuestra condición de criaturas divinas.

Según la página web http://www.census.gov/main/www/popclock.html, somos 7.014.866.348 habitantes en el planeta, y aún así, la Mishná (Sanhedrín 4:5) nos enseña que “cada persona está obligada a decir: Por mi causa ha sido creado el mundo.”

Shabat shalom,

Gustavo